El estilo periodístico constituye la especial manera de redactar en los medios de comunicación social, con la finalidad de informar al lector todo lo que de interés sucede en el mundo, del modo más conciso, breve y claro posible.

Se fundamenta en un hecho real y concreto: el lector tiene cada vez menos tiempo para leer. Vive apresurado y sólo alcanza a revisar los titulares de las principales noticias o escuchar éstas a través de la radio o televisión.

Cuando hojea un diario, está en un plano de indiferencia y sólo prestará atención a la noticia bien presentada, a aquella que del primer golpe de vista le atraiga, y despierte en él curiosidad.

Entonces, la misión del redactor periodístico, al escribir un artículo consiste, en primer lugar, en despertar la atención del lector y llevarle a través de su escrito, al conocimiento de la noticia.

Otro asunto es deslindar cuáles son los roles del periodismo en relación con las demandas o la movilidad social, donde nos enfrentamos no sólo con criterios epistemológicos sino sociológicos, ideológicos y hasta políticos.

Sin tratar de eludir la responsabilidad, diremos que el periodismo, además de sus cuatro roles claramente identificados y fundamentados, en base a la especialidad de sus páginas, como son informar, orientar, entretener y educar, asume en nuestros tiempos roles de fiscalización ante abusos de los gobernantes y de defensor de las minorías, encarnando lo que se ha llamado el «Cuarto Poder del Estado«.

Pero volviendo al tema sobre la forma como el periodismo trasmite los hechos, debemos hacer un deslinde entre el estilo periodístico y la literatura.

Hay quien considera al periodismo como un hermano menor de la literatura, y por supuesto que muchos escritores califican al trabajo periodístico como un dispendio intelectual, como un modo de malgastar el talento.

Estos críticos parten de la premisa que en la creación del relato periodístico lo primordial es el manejo del idioma, la creación artística para elaborar argumentos atractivos para el lector.

Poco valdría, en su concepto, el aprendizaje del periodismo en los centros superiores de enseñanza, pues lo importante es la "vena" innata para escribir.

Abona este argumento, el hecho de que connotados periodistas universales, son esencialmente escritores, como los ganadores del Premio Nóbel de Literatura, el colombiano Gabriel García Márquez, o el norteamericano, Ernest Hemingway.

No nos dejemos engañar Ciertas formas de redacción periodística como la Crónica, el Artículo y el Reportaje cuando son profundos y están cargados de belleza en el manejo idiomático, están en el límite entre el Periodismo y la Literatura.

Son Periodismo porque esencialmente comunican hechos que interesan a un público masivo, informan y orientan. Son Literatura porque encierran la subjetividad del redactor y también valen por la forma como expresan las ideas noticiosas.

En el trabajo cotidiano de una redacción, lo común es que el periodista trabaje a presión, "contra el reloj", sin mucho tiempo para madurar sus ideas y dar rienda suelta a su creación metafórica, y menos para consultar con el Diccionario.

El literato en cambio, generalmente escribe por deleite personal, sin apremios de última hora, buscando más la belleza de la forma que la profundidad o trascendencia del suceso.

Claro que el periodista tiene que tener inclinación innata por la lectura y la escritura. Son sus vertientes naturales de inspiración.

En su tarea de redactar, sin embargo, se introduce una variable no controlada por su imaginación: el estilo periodístico particular que tiene el medio para el cual escribe, que le exigirá un tratamiento directo, breve y claro de la noticia, además de una extensión estandarizada.

De esta forma el periodismo se convierte en una realidad concreta y la literatura en una posibilidad.

En esta dicotomía que plantea ejercicio práctico del periodismo surge su divorcio con la Literatura. El lenguaje periodístico muchas veces suele parecer vulgar, cuando no antiacadémico por las graves erosiones a la Gramática. No solamente el texto de la prensa escrita sensacionalista, sino también lo que se derrama a través del micrófono, en voces altisonantes de locutores ávidos de protagonismo.

La culpa está en todas partes; en el redactor escaso de formación académica; en los editores, faltos de ética; en los propietarios de medios, deseosos de ganancias sin importar la calidad de la publicación que venden; y también la culpa está en el público consumidor de periódicos que de tales, sólo tienen el nombre.

El empleo de jerga, la difusión en el periodismo sensacionalista y “amarillo” de escándalos fabricados mancillando honras, la inserción de pornografía en las páginas de los diarios, la inserción de noticias y material gráfico, con alto contenido de sangre y sexo, en las páginas de los diarios, no tiene nada que ver con los fundamentos del estilo periodístico.

Son abusos de la libertad de expresión sancionables por el Código Penal, pero pareciera que a nadie le interesara aplicar, por temor al consabido sambenito de “atentar contra la libertad de prensa”.

El derecho a la información no otorga a los periodistas ningún privilegio especial para ofender, calumniar, difamar o mentir.

Este es el punto más sensible en el ejercicio del periodismo, y tal vez a este hecho se deba la escasa credibilidad que tienen algunos medios, y el descrédito de una noble profesión.

La particular forma de emplear las palabras y construir párrafos noticiosos es totalmente ajena a estos delitos de prensa y a los resquemores deontológicos.

Escribir para un medio de comunicación implica expresarse lo más correctamente posible utilizando el habla popular con propiedad, sin miedo a la censura académica pero con la necesaria actitud vigilante ante el maltrato de su idioma. Por ello, el estilo periodístico no debe provocar ningún complejo de inferioridad entre los periodistas.

La transmisión de noticias asume así con el periodismo responsable la más noble de sus misiones: ser un vehículo de información y cultura; de conocimiento y análisis de la realidad.


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